miércoles, 8 de octubre de 2008
Nuevo blog
Acabo de abrir otro blog; solo es de libros, así que luego no os quejéis (si este ya tiene los visitantes contados, imaginad los que va a tener el nuevo). Se llama Tolle, lege, y la dirección es tolletelegete.blogspot.com. Lo voy a dedicar a comentar noticias literarias o libros que me han parecido interesantes o que me han llamado la atención de alguna manera. Os veo allí.
miércoles, 1 de octubre de 2008
¿Un cigarrito?
Mis nuevos alumnos (y algunos antiguos) quieren que les salude, así que valga este comentario para cumplir su deseo. Quedan, pues, saludados todos (1º A, 2º C, 2º D y 3º F).
El otro día estaba yo pensando en cómo el diminutivo se había convertido en una fórmula de hipercortesía (es decir, sirve para convertir las fórmulas habituales en peticiones todavía más convencionales, sobre todo cuando solicitamos algo gratuito: por ejemplo, ya nadie pide un vaso de agua, sino un vasito), estaba yo, digo, pensando en estas nugae, cuando llegué a la Feria del Libro Antiguo; en la calidad de los volúmenes expuestos se advierte la pobreza de nuestro pasado bibliográfico, que me temo no va a mejorar demasiado próximamente. Yo me acordaba de las librerías de lance que solía visitar en Inglaterra, cuánto me gustaban y cómo, de vez en cuando, solían darse hallazgos maravillosos. Uno todavía se acerca a nuestra Feria con esa esperanza, pero ¡quia!
Por cierto, parece que el gobierno británico va a incluir espeluznantes imágenes en las cajetillas de tabaco para disuadir a los fumadores de su vicio pertinaz. En los ejemplos que aparecen en La Vanguardia hay una imagen de un tumor horrible y otra en la que aparecen unos pulmones sanos y otros, se supone, consumidos por el mal. Al parecer, los publicistas pensaron que, si solo ponían los pulmones negruzcos y encogidos, la gente podría deducir que todos los pulmones son así, con lo que no solo nos están llamando perdularios y viciosos, sino tontos e ignorantes. Digo tontos, porque el repertorio de monstruosidades anatómicas y la afición por lo teratológico no solo afecta a los fumadores, con lo que quizás alguien que no lo es podría llegar a pensar que precisamente por esta condición se va a librar de sufrir tales aberraciones. Me recuerda a lo que dice Tucídides al final de su narración de la peste, donde consigna que quienes habían sobrevivido al mal (e inmunes por tanto a una nueva infección) se creían durante un tiempo libres de cualquier amenaza. El caso es que, en mi opinión, un gobierno debe limitar el uso de las sustancias peligrosas y permitir el de las que no los son, y punto. Creo que es bastante sencillo y razonable, y todo lo demás es una tomadura de pelo. Si el tabaco es peligroso, prohíbanlo. Es más, si saben que es peligroso y no lo prohíben, no sería descabellado que alguien intentara exigir responsabilidades penales por las muertes que provoca un simple cálculo económico. Y si lo que ocurre es que no han podido demostrar lo negativo de sus efectos, entonces sobran las fotos y los avisos.
El otro día estaba yo pensando en cómo el diminutivo se había convertido en una fórmula de hipercortesía (es decir, sirve para convertir las fórmulas habituales en peticiones todavía más convencionales, sobre todo cuando solicitamos algo gratuito: por ejemplo, ya nadie pide un vaso de agua, sino un vasito), estaba yo, digo, pensando en estas nugae, cuando llegué a la Feria del Libro Antiguo; en la calidad de los volúmenes expuestos se advierte la pobreza de nuestro pasado bibliográfico, que me temo no va a mejorar demasiado próximamente. Yo me acordaba de las librerías de lance que solía visitar en Inglaterra, cuánto me gustaban y cómo, de vez en cuando, solían darse hallazgos maravillosos. Uno todavía se acerca a nuestra Feria con esa esperanza, pero ¡quia!
Por cierto, parece que el gobierno británico va a incluir espeluznantes imágenes en las cajetillas de tabaco para disuadir a los fumadores de su vicio pertinaz. En los ejemplos que aparecen en La Vanguardia hay una imagen de un tumor horrible y otra en la que aparecen unos pulmones sanos y otros, se supone, consumidos por el mal. Al parecer, los publicistas pensaron que, si solo ponían los pulmones negruzcos y encogidos, la gente podría deducir que todos los pulmones son así, con lo que no solo nos están llamando perdularios y viciosos, sino tontos e ignorantes. Digo tontos, porque el repertorio de monstruosidades anatómicas y la afición por lo teratológico no solo afecta a los fumadores, con lo que quizás alguien que no lo es podría llegar a pensar que precisamente por esta condición se va a librar de sufrir tales aberraciones. Me recuerda a lo que dice Tucídides al final de su narración de la peste, donde consigna que quienes habían sobrevivido al mal (e inmunes por tanto a una nueva infección) se creían durante un tiempo libres de cualquier amenaza. El caso es que, en mi opinión, un gobierno debe limitar el uso de las sustancias peligrosas y permitir el de las que no los son, y punto. Creo que es bastante sencillo y razonable, y todo lo demás es una tomadura de pelo. Si el tabaco es peligroso, prohíbanlo. Es más, si saben que es peligroso y no lo prohíben, no sería descabellado que alguien intentara exigir responsabilidades penales por las muertes que provoca un simple cálculo económico. Y si lo que ocurre es que no han podido demostrar lo negativo de sus efectos, entonces sobran las fotos y los avisos.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
Joyce también tiene su encanto, ¡qué caramba!
El sábado pasado compré la edición de fin de semana del Financial Times para tener una versión informada del crash. El resultado fue decepcionante por tautológico (o porque no entendí nada, que también puede ser), ya que los análisis se limitaban a contar lo que había pasado, cuando esa es una de las pocas cosas que han quedado claras. Y uno se pregunta: “pero estos listos, ¿dónde estaban antes de la hecatombe?”. Lo más divertido fueron las cartas al director, ilustradas con una foto de Stalin, en las que se acusaba de epígonos del dictador al Secretario del Tesoro y al pobre Bern Bernanke (¿os habéis preguntado cómo debe de ser la vida cotidiana de este hombre? Confieso que yo lo he hecho montones de veces: ¿qué hará para dormir? ¿Sabrá desconectar de su trabajo? ¿Hará la compra?). Me resultaron simpáticas las cartas, como las declaraciones de aquellos piratas que antes de la ejecución se negaban a arrepentirse de nada. Lee uno luego a Vargas Llosa en El País, y le sobrevienen sentimientos encontrados: no sé por qué, pero la vocación indesmayable de este hombre resulta fascinante: se parece a la defensa de un paradigma obsoleto que, en lugar de admitir que ya no vale porque la realidad se empeña en desmentirlo una y otra vez, todo lo soluciona con parches ad hoc e insiste en explicar las incongruencias como excepciones particulares: “No, no es que el sistema no funcione, porque el sistema funciona ex hypothesi, sino que en este caso coincide que…”.
Lo más interesante, sin embargo, eran los anuncios: casas semiderruidas en Mallorca o en la Provenza que seguramente nadie querría gratis, pero que, al parecer, compraríamos si tuviéramos cinco millones de euros. Lo que dice mucho de las expectativas de quien ha comprado el periódico: estoy seguro de que los nababs de turno (me encanta, me encanta esa palabra) no compran sus casas abandonadas a través de esos anuncios, pero es eso lo que los aspirantes se imaginan que hacen los ricos. El hecho de que uno compra el periódico en el que se reconoce se ve confirmado (si es que alguien lo ponía en duda) en los anuncios personales de The New York Review of Books: nunca habría dicho que la gente intentaría ligar con el currículo, pero ahí está; los anuncios no ofrecen promesas de sofisticados placeres, sino perfiles de la Costa Este. Mi preferido, uno que pretende ligar ¡diciendo que es aficionado a Joyce! El anuncio termina con un aviso revelador: “Abstenerse republicanos”. La monda, vaya.
Lo más interesante, sin embargo, eran los anuncios: casas semiderruidas en Mallorca o en la Provenza que seguramente nadie querría gratis, pero que, al parecer, compraríamos si tuviéramos cinco millones de euros. Lo que dice mucho de las expectativas de quien ha comprado el periódico: estoy seguro de que los nababs de turno (me encanta, me encanta esa palabra) no compran sus casas abandonadas a través de esos anuncios, pero es eso lo que los aspirantes se imaginan que hacen los ricos. El hecho de que uno compra el periódico en el que se reconoce se ve confirmado (si es que alguien lo ponía en duda) en los anuncios personales de The New York Review of Books: nunca habría dicho que la gente intentaría ligar con el currículo, pero ahí está; los anuncios no ofrecen promesas de sofisticados placeres, sino perfiles de la Costa Este. Mi preferido, uno que pretende ligar ¡diciendo que es aficionado a Joyce! El anuncio termina con un aviso revelador: “Abstenerse republicanos”. La monda, vaya.
miércoles, 17 de septiembre de 2008
La broma infinita
Todavía no he leído La broma infinita, porque lo reservaba para unas larguísimas e improbables vacaciones, pero incluyo en mi lista de libros Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer y Hablemos de langostas, de David Foster Wallace. Una triste noticia.
Mammon
A propósito de las convulsiones del sistema económico, y en respuesta a ciertas críticas que recibí por el comentario del 7 de junio , me gustaría aclarar algunos malentendidos: en economía, como en cualquier comercio de símbolos, los ciudadanos no tratan con hechos, sino con percepciones. El capitalismo no es un sistema económico, sino una profesión de fe (o, si se prefiere, un juego) y, como tal, no se basa en estados de cosas, sino en la confianza de los participantes; el escepticismo, pues, acabaría con la partida ("Dios no existe", "no juego más"). Los ciudadanos confían en sus ídolos (gobiernos, bancos centrales, instituciones varias) y lo hacen ciegamente, hasta el punto de que es preciso cierto grado de reflexión para darse cuenta de que el dinero (y las reservas con que los bancos centrales lo respaldan), en realidad no vale nada, purito humo y apacentarse en viento. Así que (y ahora vuelvo a la actualidad) lo que ocurre ahora no es que hayan empeorado las condiciones objetivas en las que se desenvolvía el sistema, sino que se ha abierto una grieta en la confianza de los participantes, asomados abruptamente al abismo de la nada que lo sostiene.
miércoles, 3 de septiembre de 2008
Enorme masa de información pegajosa
A propósito de la 'masa pegajosa' que mencionaba en el comentario del otro día, el título de esta entrada coincide con el de una columna de Soledad Gallego acerca de Chernóbil. En el artículo, Sol Gallego decía que, debido al exceso de información contradictoria sobre el accidente, todavía hoy resulta imposible saber con exactitud el número de víctimas, y que esa confusión sobre un hecho conocido y estudiado impedía al ciudadano formarse una opinión exacta sobre la realidad y tomar decisiones correctas, o por lo menos racionales. Este fenómeno es cada vez más frecuente: uno ya no sabe si el calentamiento global existe o no, por ejemplo, o si la subida del precio de los alimentos se debe a la mera especulación, al auge de los biocombustibles o al hecho natural y terrible de que necesitamos comer para vivir. El caso es que este exceso de información es más dañiño que su ausencia, porque te hace pensar que sabes algo, que dispones de información suficiente para juzgar con criterio, cuando no es así. Pero hay otro aspecto todavía más retorcido del asunto, y es que, después de haber visto y leído montones de noticias sobre un suceso, ciertos datos parecen ocultarse deliberadamente al escrutinio del lector atento; por ejemplo, podría decir aproximadamente cuántas víctimas hubo en el 11-S, pero no cuántas causó el Katrina; la cuestión es que esos datos no son secretos, y seguro que están disponibles en alguna parte, pero nadie los recuerda; es una censura sutil, pero censura, sin duda.
domingo, 31 de agosto de 2008
Superstición
La diferencia entre la magia y la ciencia es una mera cuestión de actitud, de honradez intelectual; así pues, un mago que realmente creyera en la validez de sus expedientes no se distinguiría demasiado de un científico del MIT (más que nada por la parafernalia instrumental); la magia y la superstición son hermanas de la ciencia, la gemela que ha conseguido prosperar, que quiere olvidar sus orígenes y les niega saludo. Todos los esfuerzos de los teóricos e historiadores de la ciencia por separar "lo científico" de "lo mágico / irracional", todo aquello de la falsabilidad, la posibilidad de reproducir experimentos en condiciones similares, todos los afanes de Popper y Lakatos por encontrar un criterio objetivo que permitiera separar LA VERDAD de la masa pegajosa de la incredulidad y la superstición, no ha servido de nada: ¿quién puede refutar cualquier proposición de la física del último siglo? ¿Y de las matemáticas? ¿Cuántas personas? ¿Cuántos pares reconocidos? ¿Cuántas de ellas son reproducibles en un laboratorio? ¿Quién es capaz de vigilar que no se cometan fraudes? Uno cree en la resolución del Teorema de Fermat igual que cree en la existencia de unicornios, por simple y mera fe, y su objeto es igual de ficticio en ambos casos.
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